A la fábrica Subijana llegó un mozo navarro de 23 años: era Paco, hijo de unos carniceros de Castejón, que había terminado la mili y quería buscarse la vida.-Me vine a Amasa-Villabona porque aquí vivía un tío mío. Empecé como ayudante de un matrimonio de carniceros, pero enseguida me recomendaron al gerente de Subijana, que me hizo unas preguntas. “A ver, chaval, qué tal te manejas con los números”. “Bien, bien”.
Me pusieron de colorista. Tenía que mezclar sustancias químicas, calculando unas fórmulas, para conseguir un color determinado. Era un trabajo matemático complejo, pero le cogí el truco y me gustó. Me hice colorista, mira tú, un mundo completamente desconocido para mí. María Jesús y Paco coincidieron en el departamento de grabado. Allí trabajaban con las nuevas máquinas de estampar, discutían los proyectos, se hacían sugerencias y correcciones, y de paso... de paso se miraban especial.- Discutíamos mucho del trabajo y lo pasamos muy bien, eso es una suerte -dice Paco-. Éramos jóvenes, con ganas, y ahí nos dimos cuenta de que también éramos creativos. A veces hacíamos trampas: nos pedían una cosa para una colección y nosotros presentábamos otra. No se enteraban del cambio. Y salía mucho mejor.-Ahí ya vimos que sabíamos hacerlo bien, que nos gustaba el diseño, el color...-Mirabas a distancia una tela con un color, la girabas, apreciabas si ligaba bien, si hacía raya, si cambiaba el tornasol, tenías en cuenta la forma de la tela para que el color quedara limpio... Retocábamos, afinábamos mucho.Medio siglo después, el color es una de las señas de Etxeondo, un rasgo que identifica enseguida sus prendas.
Paco sigue siendo un colorista apasionado: anda atento a lo que ve en la televisión, en las revistas de moda, cualquier destello que le llame la atención en cualquier parte, y prepara con su hija Amaia, también especializada en los colores, las gamas cromáticas que marcarán tendencia dentro de un par de años.
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